viernes, 6 de mayo de 2016

Fondo Malicha: un juego para niños escondido en los bordes de lo importante

La Biblioteca Elma K. de Estrabou de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la UNC contiene un acervo dedicado a la Literatura para la Infancia y la Juventud (LIJ) de acceso público, como ninguna otra biblioteca o institución en todo el país: el Fondo “Malicha”.




Con algunos ejemplares de fines de 1800 y otros que se remontan a la década del 20, pasando por los 50, los 60 y los 70, hasta libros editados en los comienzos del siglo XXI, el Fondo Malicha reúne materiales que atraviesan los grandes hitos de la historia de la LIJ. La existencia del Fondo pone en foco una cuestión fundamental en torno a las grandes discusiones de este campo: ¿por qué la academia se resiste tanto a darle el lugar que merece?

El Fondo se conformó a partir de la donación en el año 2005 de la biblioteca personal de la Profesora Emérita María Luisa “Malicha” Cresta de Leguizamón, a la Biblioteca de la Facultad de Filosofía y Humanidades. La donación (una de las más grandes de la historia de la biblioteca) contó con más de 5.000 ejemplares de diversas áreas temáticas. La parte perteneciente a la LIJ, con más de 1.000 ejemplares, pasó a constituir la primer gran colección específica de este tipo de literatura en la Biblioteca. La cantidad y variedad del conjunto de libros de LIJ de la donación, llevó a convocar a miembros del Programa de Promoción y Animación a la Lectura y a la Escritura (PROPALE) para generar un proyecto interdisciplinario denominado “Puesta en valor de la Colección Malicha”. Cabe aclarar que el PROPALE, dirigido por la Dra. Susana Gómez, es un programa dependiente de la Secretaría de Extensión, con más de 10 años de vida continua, que tiene diversas aristas: formación a distancia, extensión en contextos comunitarios e investigación. La labor conjunta que viene realizando con la Biblioteca implicó un enorme trabajo en el estudio del material, en el procesamiento y su catalogación (a través del buscador web de la biblioteca pueden realizarse consultas bibliográficas de todo el contenido), sumado a múltiples actividades de difusión en torno a la LIJ y al Fondo que se realizan año a año: homenajes a grandes figuras de la LIJ, mesas de escritores, talleres, etc.

Se puede decir que el Fondo se constituye en el archivo histórico inapelable que Malicha, acorde a una de sus preocupaciones vitales, se encargó de legar a la biblioteca de la Universidad como uno de sus últimos gestos en la búsqueda de ubicar a la LIJ definitivamente en el corazón de la academia. Para comprender la importancia de ese gesto hay que situarse en el campo de la LIJ y de la lucha constante de su comunidad por obtener el reconocimiento que merece. Como se sabe se trata de un territorio de problematización constante, pero académicamente casi pasado por alto: fenómeno comercialmente muy exitoso, pedagógicamente sospechoso, teóricamente muy discutido del que muchos escritores e investigadores, a lo largo de la historia, han querido despegarse por ser considerado “literatura menor”. El menosprecio académico, empero, que ha sufrido la LIJ es curioso: quizá las preguntas y las respuestas que tiene para ofrecer sean mucho menos inocentes de lo que se pretende. En la actualidad, es cierto, está empezando a ocupar un sitio de “seriedad”: tesistas de grado y posgrado se reciben con investigaciones en LIJ, numerosos escritores buscan asociarse a ella, los lectores que no necesariamente son ni “niños”, ni “maestras”, ni “madres” proclaman (como una minoría orgullosa peleando por su visibilidad o tal vez también como un fandom cualquiera) ser lectores adictos de su producción.

El interés y la preocupación de Malicha dio sus frutos. El valor histórico y el potencial investigativo de la colección es sorprendente y abrumador. La vida y la trayectoria de la profesora emérita, sin dudas, explican la diversidad y el valor del material donado. Maestra, pedagoga, especialista en Literatura Latinoamericana y escritora, poseedora de una energía infinita, Malicha era conocida sobre todo como una de las pioneras en Córdoba y el país en su trabajo constante de difusión, formación e investigación en Literatura para la Infancia y la Juventud. Famoso fue su programa radial para niños “Pajarita de papel” desde 1967 y durante 9 años en Radio Universidad de Córdoba. Era normal que le llegaran los libros de todos los escritores más talentosos en el ámbito a nivel latinoamericano: muchos de los ejemplares donados llevan la firma dedicada y cariñosa de los autores, al mismo tiempo que en sus márgenes pueden leerse anotaciones críticas de la profesora, que sobre todos tenía algo para decir.

Exiliada durante la dictadura en México y en China, Malicha llegó a adquirir materiales únicos. La gran mayoría de los libros del Fondo son imposibles de conseguir en la actualidad. Primeras ediciones como Tutú Marambá de María Elena Walsh, La torre de cubos de Laura Devetach, El gallo pinto de Javier Villafañe, ejemplares rarísimos e invaluables como el Aquí no vuelan las mariposas (esa brutal y conmovedora antología de textos y dibujos de niños y jóvenes que vivieron el horror del campo de concentración en Terezín), colecciones de carácter casi mítico que forjaron los orígenes de la LIJ nacional como Bolsillitos, Los cuentos del Chiribitil o Cuentos del Polidoro; libros muy discutidos por su bajada pedagógica como La familia Conejola de 1943 de Constancio Vigil y los libros escolares de editorial Peuser. También hay antigüedades como un Pinocho de 1922, que incluye una serie de relatos alternativos además del más conocido de Collodi, los Cuentos bretones de 1900 y La cabrita de oro de 1885. Decenas, literalmente, de etcéteras. Además, hay que sumar las donaciones del CEIP Castilla-La Mancha, y de bibliotecas personales como la de Evelin Hohne y de Laura Roldán que se vienen anexando en los últimos años. Un necesario trabajo en la ampliación del acervo de LIJ de la Biblioteca que es realizado principalmente por Adrina Vulponi, encargada del Fondo por parte del PROPALE.

Pese a todo, la importancia de la LIJ en la academia sigue siendo muy discutible. Quizá no sea casualidad que cuando uno ingresa en las visitas al Fondo, organizadas por Suny Gómez, Adriana Vulponi y Florencia Ortiz (docente de la cátedra Enseñanza de la Lengua y de la Literatura y miembro del PROPALE), deba atravesar, en respetuoso silencio, todos y cada uno de los estantes de la biblioteca de la FFYH cargados de muchísimos libros “serios” y de Literatura (así con mayúscula). El material del Fondo, por su parte, nos aguarda en el rincón más alejado, como un animal al acecho, resplandeciente en su guarida.

lunes, 28 de marzo de 2016

En torno a los poderes de Carlos J. Kamatowa



 
Banksy


Esa noche Mari tiene un sueño donde un perro es atropellado por un auto. Curiosamente, no hay conductor. Bajo las luces delanteras del coche, los párpados del perro se van cerrando como si estuviera durmiéndose. Al cabo, el motor del auto acelera y desacelera en punto muerto imitando el ritmo de un llanto entrecortado. A la mañana siguiente, sus padres están de viaje, Mari decide no ir al colegio. Duerme dos horas más de lo habitual. Luego, se prepara un té y varios panes con manteca y dulce, va hacia la ventana, deja la bandeja sobre el piano y toma el té mirando hacia la calle. Entonces recuerda que el perro de su sueño era un pastor belga.

 Aunque Mari no pueda verlos, en ese preciso instante, en otro departamento de otro edificio de la misma ciudad, una pareja se está separando. En el momento en que Mari arranca con sus dientes el primer pedazo de su segundo pan con manteca y dulce, la mujer está diciendo:

-Creo que quien tenga una vida interior muy grande puede dejar todo en cualquier momento.

Él, su nombre es Diego, la mira con verdadera angustia. Ella continúa:

-También vos vas a poder, lo sé. Mañana viene mi amigo a buscar el resto de mis cosas. De paso, te quedás con la llave…

Ella, en un gesto final, agarra la mano transpirada de Diego. Eso lo pone incómodo y no puede concentrarse en la solemnidad que el momento requiere. Diego cree que la transpiración de sus manos es una de las cosas que más complican su vida. Cuando sus manos empiezan a transpirar todo funciona mal: se pone nervioso y ya no puede dejar de imaginar lo que pensará aquel que sostenga sus húmedas manos; en las gotas corriendo por los surcos de sus palmas y arrastrando la mugre pegada a sus poros; en la mugre, las bacterias, los virus, etc. Ha probado, por ejemplo, ponerse talco antes de salir de casa. También maicena. Eso le funciona hasta que se lava las manos, por lo que debería llevar consigo un poco de talco o maicena. Pero a Diego le parece estúpido que en este mundo pueda haber alguien cargando un paquete de talco o maicena para evitar la transpiración de las manos. Diego se dice que es tiempo de aceptar y dejar de pensar en lo que otros piensen de su transpiración. Quizá si lograra dejar de pensar en su transpiración dejaría de transpirar.

Cuando la reflexión de Diego concluye, su ex pareja ya no está. Le hubiera gustado insultarla, al menos. Podría correr y alcanzarla, pero no tiene ganas. Es agotador, piensa. En cambio, se prepara un café y se acerca a la ventana. Ve los edificios, el cemento, lo gris, rojo y negro que es todo, y se dice:

-En otros lugares, hay gente que se pasa el día en hamacas paraguayas, lugares donde todo es verde y nadie piensa que el talco pueda ser usado más allá de las patas, los sobacos y los genitales. Ni hablar de la maicena. Ni hablar de las manos. 

En ese momento, entonces, Mari enciende un cigarrillo y Diego enciende otro y ambos miran hacia la calle. Si alguien pudiera ver lo que esas dos personas están pensando, y de hecho hay alguien que sí lo hace, notaría que el  perro del sueño de Mari es del mismo color de la taza de café que Diego está tomando y que el color del auto que atropella al perro en el sueño de Mari es del mismo color verde que Diego tenía en mente hace un momento. Esos son puntos de contacto, pero no son del todo importantes: Mari y Diego no se han visto todavía y no sabrán de estas coincidencias cuando lo hagan. Tampoco saben que en otra calle de la ciudad está por suceder algo fundamental para su futuro y que tiene que ver con la persona que puede ver sus pensamientos.

Primero, ocurre que esa calle de la que hablamos, equidistante de las ventanas de Diego y de Mari, se vacía. En las veredas ya no hay nadie. Los comerciantes de la cuadra dormitan en sus escritorios o acomodan algo en sus depósitos. Todas las puertas están cerradas y ningún niño espía detrás las cortinas. Podríamos decir que, por unos instantes, la calle está muerta: no existe para nadie. O también podríamos decir que el tiempo se paraliza, salvo que, doblando desde una de sus esquinas, aparece un hombre en bicicleta. Este hombre es viejo y se llama Carlos J. Kamatowa. Lleva puesto un saco negro y gastado en los codos, barba larga con algunas canas, pelo grasiento y despeinado. No huele feo, pero a la distancia pareciera que sí. Es de origen japonés, pero no es japonés. Es argentino-japonés. O simplemente argentino. No obstante, tiene algo que lo hace parecer extranjero. No digamos del país, sino del mundo. En efecto, Kamatowa es un extraterrestre con el poder de observar la cuarta dimensión.

Kamatowa viene andando en una bicicleta que tira de un carro cargado de objetos. Allí lleva, entre otras cosas, una lámpara, una tijera de podar, una campera de cuero con una estampa de Hermética, un burbujero roto, cinco metros de hilo sisal, una figurita con la cara del Cholo Simeone del año 94, una especie de radio portátil de largo alcance con la que se comunica con seres de otro planeta. Kamatowa frena en el medio de la calle. Saca de uno de sus bolsillos un lápiz mordido y una pequeña y sucia libreta. Se rasca sus sienes con el cabo del lápiz, piensa unos segundos y anota los nombres completos de Mari y de Diego. Debajo agrega una fecha y un lugar. Encierra todo en un círculo, saca una flecha y anota: “Ladrido de pastor belga. Será hermoso”. Después, cuando Kamatowa comienza a pedalear, la calle, de a poco, vuelve a llenarse de vida: gente, mascotas, tránsito, sonidos.  

En lo que queda del día, Diego intentará olvidar a su ex mujer trabajando frente a su computadora. Cerca de las 17.30 lo logrará. A la noche cenará fideos, ensalada de tomate y pollo del día anterior. Mezclará todo en una gran fuente y lo comerá viendo una película en el canal TCM. Se reirá a carcajadas y no lavará los platos antes de acostarse. Al otro día cuando venga el “amigo” de ella a dejar la llave ya no sentirá ni rencor ni tristeza por su partida y se sentirá definitivamente despreocupado. Mari también pasará el resto del día sola en su departamento. Por la noche, pedirá pizza y casualmente sintonizará la misma película que Diego. Mari sólo se reirá en tres ocasiones y llorará mucho en el final. En la madrugada, cuando lleguen sus padres, se meterá en la cama y se hará la dormida. No logrará sentirse feliz en mucho tiempo.  

Para saber qué ocurrirá cuando Diego y Mari se encuentren hay varias opciones. La primera es elegir uno de los dos, averiguar su domicilio  y seguirlo durante mucho tiempo hasta que se encuentre con el otro. Esta primera opción encierra el riesgo de verte envuelto en una paradoja temporal, de esas tipo Philip K. Dick, donde al final descubrís que sos un elemento fundamental para que el hecho que estás buscando comprobar se termine cumpliendo. Otra, inmediata, es que un agujero de gusano se abra en este momento, a tu lado. O debajo o atrás o arriba. De ese modo, podrías atravesar años luz de tiempo y materia para llegar a la fecha y lugar exactos que Kamatowa escribió en su libreta. Seguramente sería algo maravilloso. Te enterarías, entre otras cosas, si John Titor tenía razón sobre el inicio de la tercera guerra mundial. La última, es imaginar una tormenta cuyas nubes contengan todos los colores que aparecen en este relato. En ese caso, soplará un viento feroz y las nubes prendidas a las montañas amenazarán la ciudad. En un callejón un perro, un pastor belga, deberá ladrar anunciando lo inaudito, lo que no puede suceder.


Emiliano Baigorri 
Este relato obtuvo el tercer premio en el concurso de Cuento Digital 2015 organizado por la Fundación Itaú.  Publicado originalmente aquí

miércoles, 23 de marzo de 2016

Vagón de Ostras N°8



Vagón de Ostras es una publicación digital de poesía y relato breve, libre y gratuita.


En este número: Jarumi Nishishinya,  Laura Escudero, Selva Almada, Sara Ferro, Mariana Travacio, León Pereyra, Nicolás Jozami, Nadia Sol Caramella, Cecila Yalangozian, Romina Freschi y Damián Pullizi.

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El tiempo

Me preguntaste qué es el tiempo.
Y yo te dije
mientras colgaba una sábana: esto.
Aprisioné la última esquina
con el broche, me corrí dos pasos,
agarré tu mano chiquita entre mis manos
y te volví a decir: esto.
Vimos juntas el viento atrapado en la sábana
como burbuja, serpiente o baile
vimos el viento blanco tironear del broche
envuelto en la sábana, flotando.
Y la sábana que pasó y dejó al viento ahí
colgado de la soga
solo para yo que te dijera:
hija, el tiempo, es esto.



Laura Escudero nació en Córdoba en 1967. Es docente, psicóloga y máster en promoción
de la lectura y literatura infantil. Es miembro de Cedilij. Recibió dos veces el premio El
Barco de Vapor, en 2005 por la novela Encuentro con Flo y en 2011 por El rastro de
la serpiente
. Fue Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños 2015 otorgado por
la Fundación Para las Letras Mexicanas y F.C.E por el poemario Ema y el silencio. Tres
de sus libros fueron seleccionados “Destacados de Alija”. Ha publicado títulos para niños
y jóvenes: El botín, Los parientes impostores, La viejita de las cabras, El camino
de la luna
y otros.



Para descargar los números de Vagón de Ostras aquí

sábado, 19 de marzo de 2016

Los gatos y el resto del mundo




Ficha: Takashi Hiraide: El gato que venía del cielo (2001), 160 páginas. Alfaguara, 2015.  

Fines de los 80, Japón, el emperador Hiroito se muere, la crisis económica está por sacudir al país y una pareja de redactores treintañeros se muda a un barrio tranquilo y antiguo de Tokio, acompañando la decisión de abandonar sus labores de oficina para arriesgarse a trabajar en casa. Luego, la aparición de Chibi, el pequeño y arisco gato de una familia vecina, y su progresivo acercamiento hasta convertirse en un visitante diario que confiere a la cotidianidad de los jóvenes una nueva dimensión hecha de pequeños rituales, independencia de carácter y momentos resplandecientes. Ese es el argumento reconstruido de la novela de Takashi Hiraide El gato que venía del cielo, obra ganadora en el año 2002 del Premio Kiyama Shohei en Japón. Como con mucha de la literatura que nos llega del país asiático, uno corre el riesgo de abusar de ciertos adjetivos: sutil, encantador y etéreo en el podio. El gato que venía del cielo no es la excepción. Una novela atravesada por la presencia de un ser "celestial" y dominada por el ritmo ensoñador, y al mismo tiempo terrenal, de la voz narrativa. Capítulo a capítulo, el narrador y protagonista, marido y escritor, ajeno previamente al contacto con los animales, va trazando el posible mapa amoroso (con su inicio, nudo y desenlace) entre un gato y una pareja. Un mapa construido con breves e intensas escenas de la vida cotidiana que Hiraide va desplegando para los ojos del lector. La trama al comienzo es tenue, pero a través de esas impresiones fragmentarias Hiraide se las ingenia para ir tejiendo con elegancia el proceso que transforma a Chibi en elemento esencial de sus vidas. Con exactitud poética, en la novela todo está, no digamos narrado, sino evocado: descripciones de la pequeña casa y del jardín, de la luz y los árboles, el movimiento diario de la calle, los juegos y actitudes de Chibi, el presente de los ancianos propietarios, sólo por poner algunos ejemplos. Hay, tal vez, una intriga que se va delineando: ¿a quién pertenece realmente Chibi? ¿A sus vecinos o a la pareja? ¿Cómo es la vida del gato en su otro hogar, el original? ¿Cómo se comporta cuando ellos no pueden verlo? Algunas pistas aparecen, desperdigadas, y ese es uno de los motores de la narración. Un motor sutil (¡casi etéreo!), pero motor al fin. El otro, más lateral si cabe, es la vida de la pareja en tanto inquilinos y como trabajadores freelance, sus relaciones con otros artistas y colegas, y la apuesta que implica dedicarse a vivir de la escritura. Para contar su historia El gato que venía del cielo propone un diálogo entre formas literarias más o menos emparentadas: mezcla entre diario personal, novela autobiográfica y zuihitsu (género literario japonés que inauguró Sei Shōnagon con El libro de la almohada: reflexiones fugaces, impresiones "al correr del pincel"). Dicho esto, no hay que olvidar que Takashi Hiraide abandonó su trabajo en una editorial para sentarse a escribir lo que serían los primeros borradores de esta novela: la asociación con el narrador es inequívoca. Lo autobiográfico, entonces, se integra a la obra desde el primer momento, pero es más adelante, al comprender que lo que ha producido Chibi en sus vidas es innegablemente poderoso, cuando se habilita la pregunta: ¿esto que el narrador nos cuenta, le sucedió en verdad a Hiraide, el autor? Imposible estar seguros. Pero si fuera así, ¿por qué el libro se presenta como una novela, como ficción, y no como una autobiografía a secas? Una respuesta posible: lo autobiográfico, a pesar de que estamos en la era de la espectacularización de la intimidad banal, no se atreve todavía a ocupar un sitio de privilegio en el Olimpo de la literatura. O se atreve y lo ocupa, como siempre lo ha hecho,  bajo la máscara de una supuesta ficción. Cabría agregar lo que algunos críticos literarios, como el rosarino Alberto Giordano, afirman sobre la literatura actual: entre la multitud de creaciones que practican la exposición del yo de manera grosera,  hay obras, algunas pocas, que logran salirse del entramado cultural dominante. Entramado que reduce, en virtud del espectáculo, la expresión de lo íntimo a mercancía y fetiche. Creo que El gato que venía del cielo puede contarse entre aquellas escrituras autobiográficas que constituyen experiencias artísticas interesantes y que se diferencian de estas otras que se someten a la mera exhibición narcisista.
Los que tenemos o hemos tenido gatos lo sabemos, su poder de seducción es ilimitado. En el pasado remoto, se las arreglaron para conquistar a los egipcios que los convirtieron en dioses. En la actualidad, se limitan a gobernar las publicaciones de más de la mitad de los usuarios de internet. Tienen sus enemigos, es cierto: algunos parecen llevarse mal con la especie e insensibles a los encantos felinos proclaman sospechosas alergias o malas energías; otros, simplemente, no comprenden, quizá porque nunca tuvieron la oportunidad de relacionarse a fondo con alguno de ellos. Si estos últimos quisieran vivenciar, a través de la experiencia suplementaria que a veces logra, como en este caso, la literatura, harían bien en leer El gato que venía del cielo. Ni hablar de los amantes declarados, entre los que sin ninguna duda este cronista se cuenta. 




Publicado originalmente en HDC

miércoles, 4 de noviembre de 2015

martes, 3 de noviembre de 2015

Vagón de Ostras N°7


Vagón de Ostras es una publicación digital de poesía y relato breve, libre y gratuita.

En este número, participan: Ariel Baigorri, Rosario Bléfari, Orlando Van Bredam, Luis Chaves, Fabián Dorigo, Eloísa Oliva, Francisco Bitar, Berenice Sassatelli, Leandro Gabilondo, Marina Coronel y Nitsuga.

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TODOS

un mozo de franco sentado en un bar
le sirve el café un mozo que está trabajando
una cocinera sale con su novio, van a comer a un restaurante
un chofer de micro de larga distancia va entre los pasajeros
viaja a visitar a su madre
una azafata en el avión se ajusta el cinturón
una maestra le da clases a los hijos de otra maestra
un panadero come el pan de otro panadero en la casa de su amigo
un ingeniero cruza un puente que no hizo y un arquitecto 
le encarga la casa a un amigo arquitecto
luego le encuentra muchos defectos
un empleado de banco va al banco de enfrente
hace cola y paga
un mecánico se queda en la ruta y debe ir a un mecánico de la ruta
un futbolista llega a su casa después del partido y se pone a mirar un partido
un poeta está leyendo poesía
un abogado consulta un abogado mientras el dentista abre la boca
ante otro dentista
un dios adora a otro dios
un hijo es padre
un tío es sobrino
una nieta es abuela 
un músico parado se impacienta en un recital larguísimo de otros músicos
un analista psicoanaliza a un analista
un asesino asesina a un asesino
un extranjero en este país se va de visita a su país por unos días
vaga por su ciudad natal, las cosas cambiaron


Rosario Bléfari, nació en Mar del Plata el 24 de diciembre de 1965, vive en Buenos Aires. Cantante y compositora de canciones, actriz, también escribe.


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¿Por qué escribo? ¿Para quién escribo?


0.Nostalgia del lector mudo

Hay, entre nuestros poetas actuales, una nueva modalidad de la nostalgia. El objeto de esta nostalgia, la ausencia que se lamenta, es el lector no-escritor. Dos meros ejemplos: dice Fabián Casas en la dedicatoria de uno de sus libros: “Si todavía existen los lectores de poesía que no escriben poesía, se lo dedico a ellos”. Más recientemente, en una nota para el tercer Festival de Poesía de Córdoba (2014), Laura Wittner declara: “Leer ante un público no precisamente de poetas me resulta un gran alivio”. 
Aparentemente, ya no existen lectores de poesía que no intenten, al menos en la más inescrutable intimidad, el ejercicio-espejo de escribir. Al mismo tiempo, esta situación resulta ser un lugar común desde hace algunas décadas. Sólo que en la actualidad, gracias a la espectacularización de las innumerables intimidades que permitió la web, se convirtió en algo innegable, en una realidad. Y como todo lo que se acepta como real, se volvió un presupuesto. 
Pero, a fin de cuentas, ¿es esto una amenaza? Sólo, quizá, para los nostálgicos o los demagogos: que sus lectores escriban pareciera ir en detrimento de su palabra. Es que la palabra del que escribe en la actualidad no tiene el poder de hacer enmudecer a su lector. Por el contrario, lo estimula a hablar, a escribir, a crear. Finalmente, hacer notar que la única palabra que se caracteriza por hacer enmudecer al escucha es la palabra divina o la palabra de la ley que someten al silencio o al reino del sinsentido a todo aquello que se encuentre por fuera de lo que ellas mismas delimitan.        

1. Los amantes solos se entienden

Como buen amante de la lectura que soy me gusta fantasear con los signos y las historias, hundirme en la palabra escrita y soltar mi mente para que recorra páginas y páginas. Al leer siento el goce de la vida, apacible o arrebatadora, pierdo la noción del tiempo y el espacio y me dejo caer dentro de las palabras, de una oración a otra, saboreando una buena frase o descubriendo un giro inesperado que el texto me ofrece.  
Pero como buen amante apasionado que soy, a veces necesito dar un paso más allá de ella, cansado de adorarla. Como sucede en estos casos, al volver a sus brazos me doy cuenta que sólo ella es la inigualable: dócil, me deja amarla como me plazca, y me exige poco a cambio.
La lectura es una actividad que encierra un fin en sí misma: leer por el placer del leer, por el entretenimiento que genera; atar nudos de una historia a través de la lectura, interpretar, seguir una serie de huellas que conducen una reflexión, más o menos personal, más o menos disparatada. El punto está en que leer es una actividad que si bien dialoga con sentidos colectivos es intensamente personal. El paso a dar más allá de ella, el paso transformador que saca lo leído fuera de nosotros, el paso que convierte esa actividad individual y circular en algo más, es producir otra cosa a partir de ella. 

2. La multiplicación del amor

Pero esto que digo se aplica, quiero creer, a toda otra actividad cultural. No es exclusivo del ámbito arte (falso monumento que se complace en monopolizar los beneficios simbólicos de la creación). Al escribir o al producir algo a partir de aquello que nos genera placer, reflexiones, inquietudes, etc., dejamos de ser un pivote receptor/transmisor para volvernos generadores/recreadores. Llegamos al intersticio activo-político: nos volvemos participantes de aquello que nos fascina y desde allí irradiamos hacia las otras zonas de lo social. Podemos ser productores de nuevos sentidos en las relaciones cotidianas con la familia o los amigos, también podemos hacerlo en cuestiones públicas de mayor alcance. Se trata de una actitud ante el mundo, sea lo que sea que hagamos: desde analizar costumbres extrañas hasta militar en política. 
Es decir, se trata de moverse desde el polo consumidor hacia el polo creador. Cabe aclarar que no hablamos en términos absolutos: no es un fundamentalismo. Mejor pensarlo en términos de grados de intensidad. Nadie estará únicamente en un solo lado, sino que habrá quienes estén más de un lado que de otro. Liberémonos también de ciertos aspectos románticos: no se trata de salvar al mundo, ni de ser héroes aplastando a los malditos, ni de abrazar la verdad en la culminación de una revelación. Considerémoslo desde esta óptica: participación activa basada en lo que creo que es mejor.  
La actitud que sugiero es inclinar la balanza hacia el polo creador. Por lo que implica en positividades: al producir se reelaboran sentidos determinantes que nos caen de regalo producto de la historia general y particular, crear es contestar sobre las obligaciones y sentidos impuestos, es poder decir, ya pasado el tiempo, el “yo lo quise así” nietzcheano, es participar activamente en los sentidos que nos rodean y forman parte integral del modo en que pensamos y sentimos la vida y  el mundo. 

Publicado originalmente en HDC

viernes, 2 de octubre de 2015

Hileras de sonido y filas de centeno

En un momento, Recabarren ríe.
El locutor ríe.
Quién ha llamado ríe.
Están sumergidos en una gran historia sin dirección, están escuchando algo irrecuperable.

Mientras investigo para una ponencia de literatura Argentina, leo el cuento de Borges El fin. En ese texto, me encuentro con un personaje que ya conocía: Recabarren. En realidad, ya conocía al Recabarren de Borges, ya lo había leído antes, más de una vez, pero hace mucho. La familiaridad del nombre tenía que venir de otra parte, estaba seguro, una lectura más cercana. Pensé en Capote o en Vonnegut. Pero no, ¿qué iba a hacer un Recabarren ahí?  Ah, sí, claro. Los Centeno de Natale. En efecto, allí está Recabarren. ¿Qué hace Recabarren en la novela de Natale? Les cuento: en la novela de Natale se siguen varias historias de distintos personajes que se apellidan Centeno. Estos diferentes Centeno pueden o no ser familiares, pueden o no estar relacionados. No importa. En todo caso, en el libro deambulan otros personajes que no son Centeno, pero que, sin embargo, algo implicado en la palabra Centeno los relaciona. Recabarren es uno de ellos.



Atendamos a una cosa: Centeno es un apellido y es un cultivo (el hermoso whisky se hace de su destilación) y es parte del título de una de las novelas más famosas de la literatura contemporánea (a la cual, sin duda, Natale homenajea). Por otro lado, no hay que olvidar que Centeno es una palabra y, por lo tanto, es también una hilera de sonidos. Recabarren, entonces, es uno entre otro de los muchos personajes que sigue la perspectiva narrativa y que no se apellida Centeno, pero que está relacionado con la palabra Centeno. Pero ustedes dirán ¿qué hace Recabarren en la novela de Natale, maldita sea? Bueno les cuento: en el colegio al que asiste, Recabarren dibuja, dibuja mucho, y una de las cosas que intenta dibujar es una imagen para las palabras “filas de centeno”. Pero ¿cómo hacerlo siendo que en esta parte del continente, a menos que busquemos en internet, muy pocos tendrán una imagen para esas palabras? Imágenes y sonidos: ¿qué loco, no?  Después, Recabarren deja de dibujar y repite muchas veces ese año del colegio. Más tarde, algo le pasa y se recupera socialmente: se recibe y termina conduciendo una sección en un programa de radio, sección a la que él decide llamar “Filas de centeno”. El primer día la sección no funciona. El segundo día es un éxito. Durante una hora y media Recabarren recibe llamados de los personajes de la novela. Seis de los siete que llaman se apellidan Centeno. 

¿Y qué tiene que ver con el Recabarren de Borges? Tal vez, un homenaje. En la novela hay varios guiños de este tipo, una suerte de indicios para armar un rompecabezas de la tradición literaria a la que adscribe el autor. Más probable es que sea sólo una coincidencia, un gusto particular y aislado por el sonido Recabarren. O quizá Natale conoció un Recabarren real que hablaba poco y dibujaba mucho. No lo sabemos. Se puede, de todos modos, arriesgar otra hipótesis. Algo rebuscado y casi sin sentido. Pero no veo por qué no hacerlo. Al fin de cuentas, leer un libro es mezclarlo con otros en el cubilete de nuestras memorias para sacudirlo y reencontrarnos con combinaciones azarosas e inusitadas. 

Entonces, les sigo contando: en el cuento de Borges, Recabarren es el pulpero hemipléjico que atestigua por segunda vez un duelo clásico de la literatura argentina: Martín Fierro vs. Un Moreno. El cuento de Borges imagina otro final, menos reaccionario, para la obra de Hernández: una buena pelea a cuchillos en la que el moreno hijo deja tieso a Fierro. ¿Y Recabarren? Recabarren es el dueño de la pulpería, el testigo. Es desde la mirada de Recabarren que asistimos a este otro duelo final: “Desde su catre, Recabarren vio el fin”. Y es también desde sus limitaciones: “Después vino otra puñalada que el pulpero no alcanzó a precisar”.  

Pero ¿cuál es mi hipótesis? Bueno, esta es: ambos Recabarren son el punto de cruce en el que se anudan las distintas historias. ¿Eso nomás? Eso nomás. La profundizo resaltando una diferencia que tiene que ver con las imágenes y los sonidos: en el cuento de Borges se trata de la mirada de Recabarren. Recabarren testigo, ojo, mirada desde la cual accedemos al fin de Fierro. Punto de cruce, la mirada de Recabarren nos permite entrelazar dos finales posibles para el destino del gaucho. En la novela de Natale, en cambio, es el oído de Recabarren. Es en su calidad de escucha radiofónico, porque a pesar de que él es el conductor del programa no dice más que unas pocas palabras, lo que permite el encuentro de todos los personajes de la novela. Es, en otras palabras, a partir de la escucha que recibe, el oído que como un vaso vacío permite que se llene de historias, desde donde los personajes se entrelazan y dan cuenta de la cifra de sus destinos tal como se han desarrollado en la novela.



Muy bien, eso es todo. No se enojen. Como los Recabarren de Borges y de Natale, sólo quería intentar un punto de cruce entre lecturas distantes.

Emiliano Baigorri

Publicada originalmente en Nudista

domingo, 28 de diciembre de 2014

Acontecimientos importantes



Hay un pueblo.
No es lo suficientemente pequeño como para prescindir de un barrio pobre con fama de violento, pero tampoco lo necesariamente grande como para que falte la sensación generalizada, entre sus habitantes, del “se conocen todos”.
Es de noche.
La mayoría se está por dormir con el parloteo exuberante del noticiero de la medianoche. Unos pasos en el techo despiertan a una mujer embarazada cuyo marido está de viaje por trabajo. Tres sombras irrumpen en el hogar forzando la puerta trasera del patio. Llevan machetes y palos. Son tres adolescentes de entre catorce y dieciséis años que luego serán arrestados.
En ese pueblo vivo con mi hermano, su mujer y mi sobrino de cinco años.
Esa noche también hay un incendio o un accidente cerca del pueblo. Mi sobrino y yo salimos a apoyarnos contra la reja para ver los camiones de bomberos y las luces rojas de las sirenas que le brindan a la calle, por unos instantes, la textura insólita que poseen los acontecimientos importantes.
Mi sobrino recuerda el fuego como una víbora amenazada por sobre la superficie del cerro del verano anterior. Mientras los camiones pasan, aprieto su mano. 




jueves, 4 de diciembre de 2014

Notas sobre la cultura y el arte


Escribe Jean Dubuffet, ideólogo del Art Brut, en la correspondencia que mantuvo durante el transcurso del año 1968 con el señor Witold Gombrowickz. Las citas que recojo y comento son de la carta fechada el día 20 de Octubre. El tema, según mi perspectiva, trata sobre la oposición cultura-naturaleza en el arte y la cultura: sobre qué puede considerarse artificial y qué auténtico, o si la oposición de hecho sirve o no de algo.
Por otro lado, tengo mis “peros” a una parte del planteo, y los peros son lo más importante en un debate, según el mismo Gombrowickz advierte a Dubuffet en una carta anterior; sin embargo, este comentario a Dubuffet no quiere destacarlos. Por el contrario, este texto es un intento por rescatar lo positivo, lo que de una u otra forma  interesa a mi perspectiva. Entonces, este es el plan: sólo daré uso a esos peros para “limpiar” la argumentación de Dubuffet según mis propósitos.

Primero leamos un fragmento:

“Habiendo hecho tabla rasa, denegando todo valor objetivo, todo fundamento legítimo, negando valor a todo – a todo lo que fascina a los humanos, a todo lo que mueve de una forma u otra al pensamiento (…) – el resultado, usted lo sabe bien, es una situación completamente nueva. No nos queda más que viento. Espejismos; y las fascinaciones que estos ejercen. A partir de este momento los espejismos se convierten en los únicos objetos de nuestro universo, los únicos resortes de toda actividad mental” 

El horrendo fantasma del relativismo se yergue por encima del párrafo, ¿no es cierto? Continúa:

“A partir de este punto empieza mi nihilismo. O mejor dicho, mi nihilismo toma un signo positivo”

Giro fundamental, y sigue:

“Me propongo, a partir de este punto, edificar sobre espejismos, crear espejismos (…). Se ha terminado para mí la anterior distinción entre objetos dotados de realidad y aquellos que son producto de la imaginación. ¡Desde ahora, un plano único para todo! Convencido de que nuestras acciones no son más que quimeras, soplos del espíritu sin otro fundamento que nuestra buena voluntad, tomo decisión de darles derecho de quimeras, darles cuerpo, carta de naturaleza; y su distinción entre quimérico y fundado (entre vicio y virtud, entre natural y artificial) no tiene ya sentido, al menos para mí”.

No es absolutamente genial?!

Primero extraigamos las palabras claves: “crear espejismos”, “plano único”, “buena voluntad”, “tomo la decisión”, “al menos para mí”. En la combinación justa de este pequeño conjunto de palabras se encuentra la flama de la seductora frescura del planteo. Entonces, ahora sí, parafraseo: no habiendo límite claro entre lo natural y lo cultural, no siendo posible distinguir qué sería auténtico y qué artificial, obtenemos un “plano único” desde donde surgen las creaciones (“espejismos”) apoyadas en nuestras creencias (“buena voluntad”). Lo auténtico y lo artificial (“quimérico o fundado”) son sólo atribuciones, operaciones de nuestras creencias que producen carta de (“tomo la decisión”). Así la oposición carece de sentido según mi perspectiva (“al menos para mí”: un gesto que dice “okey, esto no es fundamental para la vida del arte, pero me parece mejor pensarlo de esta manera”).   



Para defender el nihilismo de Dubuffet no haría falta más. Sin embargo, y aquí aparece mi principal “pero”, Dubuffet regresa a la oposición artificial-auténtico, contradiciendo el plano único propuesto:

“Una vez reconocidos como quiméricos todos los actos del mundo mental (y del otro también, para decirlo todo), hago una distinción entre ellas, según me parezcan las unas quimeras frescas y vivas, secreciones del ser mismo (que son raras) y las otras (que pululan) reflejos de quimeras, falsos parecidos de quimeras, impuestos –o inyectados- al paciente (o fingidos por él) sin que su propio ser intervenga.”

El plano único se divide, una vez más, en dos con un corte platónico: “secreciones del ser mismo” vs. “reflejos de quimeras”. Continúa:

“El conjunto de estas quimeras colectivas, prestadas, de estas quimeras enfriadas, apagadas, propuestas para reemplazar la quimerización personal de cada uno, forma, a mis ojos, eso que llamamos cultura.”

Establecido el plano único no se ve cómo sería posible distinguir entre “reflejos” y “secreciones del ser”. La razón de este regreso puede atribuirse a un temor: a que algo fundamental se pierda en el plano único. Tal vez en la proposición de un plano único Dubuffet no encuentre explicación para el cambio en la evolución de la cultura y el arte. O quizá no vea lugar para la novedad y la originalidad: el genio artista.

Creo que se trata de un tropezón en la argumentación de Dubuffet. Dejémoslo pasar. Por lo demás él mismo en el desarrollo de su epístola encuentra una explicación al cambio, a la evolución, en la cultura del hombre sin dejar de disolver el problema que plantea los límites de la oposición cultura-naturaleza, es decir sin abandonar el planteo del plano único.

“Hay todas las gradaciones, todas las gradaciones, quiero decir, de profundidad, todos los niveles, en lo cultural. Sé bien que los espíritus más liberados e inventivos, los acentos más personales, las más salvajes espontaneidades, no pueden pretender que nada deben a la cultura. Pero es una cuestión de más o menos; se trata de saber qué nivel de esa cultura es el que ha realizado el préstamo, la vieja madera o la albura”.

 Así queda zanjada la cuestión: no puede existir expresión que no esté atravesada por la cultura (y agregaría yo: por el lenguaje); no puede existir expresión artística o de cualquier clase puramente natural. La oposición cultural-natural no sirve, al menos en este momento de nuestra historia, para pensar la cultura o el arte. Sin embargo, podemos distinguir entre más o menos novedosas, más o menos apegadas a cierta tradición, más o menos radicales, etc. Ahí se encuentra y es útil la diferencia de niveles o grados.




La razón principal por la que he recogido y comentado las anteriores citas es que simplemente simpatizo con el lenguaje de Dubuffet. El tema del debate no me preocupa demasiado. Parece algo ya disuelto como problema. En todo caso, es la forma en que propone su visión lo que me atrae y me inquieta. Además, creo que puede resultar nutritivo para nuestra actualidad ver cómo aquellos a quienes admiramos han logrado resolver cierta cuestión que se les presentó como un problema. Gracias a la acumulación y repetición de este tipo de pequeñas luchas y resoluciones es que hoy podemos ver el tema de la discusión como algo ya superado.