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jueves, 2 de marzo de 2017

Un tejido sólido como un muro

Dicen que
en la deep web
existe un link secreto
que lleva a una página
capaz de revelar
la trama oculta
que enlaza todos los eventos
de la vida de cualquier usuario.
Dicen que solicita
algunos datos personales
y que luego hay que responder
a dos preguntas
con tres opciones de preferencia.
Una sobre comida.
Otra sobre colores.
Dicen que una vez aceptadas 
las condiciones y términos de uso
el formulario se carga
y una imagen se presenta
transparente
como una ecuación matemática.
insólita
como un monstruo de S. King
con la clave para comprender
todo lo que esa vida
fue, es y será.
Dicen que es casi imposible
de aguantarla
como la pintura-espejo
de Dorian Gray.
También dicen que es maravillosa
y que opera una transformación
iluminadora en el usuario
como una llegada inmediata al nirvana.
Dicen que hace uso
de una compleja programación
algorítmica que cruza datos
astrológicos y estadísticos
con el historial de recorrido
provisto por el GPS de Google Maps.
Dicen que todo es parte
de un programa experimental
del gobierno chino
para controlar el destino
de la humanidad.
Otros dicen que es un link
proveniente de un servidor
de otra dimensión
puesto ahí por seres interplanetarios
que pretenden ayudarnos.
El asunto, dicen,
es que recientemente
se liberó de sus restricciones originales
convirtiéndose en una
especie de virus autoconciente
capaz de traspasar las fronteras
de la deep web.
Dicen que es impredecible
y que está al acecho
y que un día se abrirá
por fin
en todos los ordenadores
en todos los teléfonos.
Eso dicen.

lunes, 28 de marzo de 2016

En torno a los poderes de Carlos J. Kamatowa



 
Banksy


Esa noche Mari tiene un sueño donde un perro es atropellado por un auto. Curiosamente, no hay conductor. Bajo las luces delanteras del coche, los párpados del perro se van cerrando como si estuviera durmiéndose. Al cabo, el motor del auto acelera y desacelera en punto muerto imitando el ritmo de un llanto entrecortado. A la mañana siguiente, sus padres están de viaje, Mari decide no ir al colegio. Duerme dos horas más de lo habitual. Luego, se prepara un té y varios panes con manteca y dulce, va hacia la ventana, deja la bandeja sobre el piano y toma el té mirando hacia la calle. Entonces recuerda que el perro de su sueño era un pastor belga.

 Aunque Mari no pueda verlos, en ese preciso instante, en otro departamento de otro edificio de la misma ciudad, una pareja se está separando. En el momento en que Mari arranca con sus dientes el primer pedazo de su segundo pan con manteca y dulce, la mujer está diciendo:

-Creo que quien tenga una vida interior muy grande puede dejar todo en cualquier momento.

Él, su nombre es Diego, la mira con verdadera angustia. Ella continúa:

-También vos vas a poder, lo sé. Mañana viene mi amigo a buscar el resto de mis cosas. De paso, te quedás con la llave…

Ella, en un gesto final, agarra la mano transpirada de Diego. Eso lo pone incómodo y no puede concentrarse en la solemnidad que el momento requiere. Diego cree que la transpiración de sus manos es una de las cosas que más complican su vida. Cuando sus manos empiezan a transpirar todo funciona mal: se pone nervioso y ya no puede dejar de imaginar lo que pensará aquel que sostenga sus húmedas manos; en las gotas corriendo por los surcos de sus palmas y arrastrando la mugre pegada a sus poros; en la mugre, las bacterias, los virus, etc. Ha probado, por ejemplo, ponerse talco antes de salir de casa. También maicena. Eso le funciona hasta que se lava las manos, por lo que debería llevar consigo un poco de talco o maicena. Pero a Diego le parece estúpido que en este mundo pueda haber alguien cargando un paquete de talco o maicena para evitar la transpiración de las manos. Diego se dice que es tiempo de aceptar y dejar de pensar en lo que otros piensen de su transpiración. Quizá si lograra dejar de pensar en su transpiración dejaría de transpirar.

Cuando la reflexión de Diego concluye, su ex pareja ya no está. Le hubiera gustado insultarla, al menos. Podría correr y alcanzarla, pero no tiene ganas. Es agotador, piensa. En cambio, se prepara un café y se acerca a la ventana. Ve los edificios, el cemento, lo gris, rojo y negro que es todo, y se dice:

-En otros lugares, hay gente que se pasa el día en hamacas paraguayas, lugares donde todo es verde y nadie piensa que el talco pueda ser usado más allá de las patas, los sobacos y los genitales. Ni hablar de la maicena. Ni hablar de las manos. 

En ese momento, entonces, Mari enciende un cigarrillo y Diego enciende otro y ambos miran hacia la calle. Si alguien pudiera ver lo que esas dos personas están pensando, y de hecho hay alguien que sí lo hace, notaría que el  perro del sueño de Mari es del mismo color de la taza de café que Diego está tomando y que el color del auto que atropella al perro en el sueño de Mari es del mismo color verde que Diego tenía en mente hace un momento. Esos son puntos de contacto, pero no son del todo importantes: Mari y Diego no se han visto todavía y no sabrán de estas coincidencias cuando lo hagan. Tampoco saben que en otra calle de la ciudad está por suceder algo fundamental para su futuro y que tiene que ver con la persona que puede ver sus pensamientos.

Primero, ocurre que esa calle de la que hablamos, equidistante de las ventanas de Diego y de Mari, se vacía. En las veredas ya no hay nadie. Los comerciantes de la cuadra dormitan en sus escritorios o acomodan algo en sus depósitos. Todas las puertas están cerradas y ningún niño espía detrás las cortinas. Podríamos decir que, por unos instantes, la calle está muerta: no existe para nadie. O también podríamos decir que el tiempo se paraliza, salvo que, doblando desde una de sus esquinas, aparece un hombre en bicicleta. Este hombre es viejo y se llama Carlos J. Kamatowa. Lleva puesto un saco negro y gastado en los codos, barba larga con algunas canas, pelo grasiento y despeinado. No huele feo, pero a la distancia pareciera que sí. Es de origen japonés, pero no es japonés. Es argentino-japonés. O simplemente argentino. No obstante, tiene algo que lo hace parecer extranjero. No digamos del país, sino del mundo. En efecto, Kamatowa es un extraterrestre con el poder de observar la cuarta dimensión.

Kamatowa viene andando en una bicicleta que tira de un carro cargado de objetos. Allí lleva, entre otras cosas, una lámpara, una tijera de podar, una campera de cuero con una estampa de Hermética, un burbujero roto, cinco metros de hilo sisal, una figurita con la cara del Cholo Simeone del año 94, una especie de radio portátil de largo alcance con la que se comunica con seres de otro planeta. Kamatowa frena en el medio de la calle. Saca de uno de sus bolsillos un lápiz mordido y una pequeña y sucia libreta. Se rasca sus sienes con el cabo del lápiz, piensa unos segundos y anota los nombres completos de Mari y de Diego. Debajo agrega una fecha y un lugar. Encierra todo en un círculo, saca una flecha y anota: “Ladrido de pastor belga. Será hermoso”. Después, cuando Kamatowa comienza a pedalear, la calle, de a poco, vuelve a llenarse de vida: gente, mascotas, tránsito, sonidos.  

En lo que queda del día, Diego intentará olvidar a su ex mujer trabajando frente a su computadora. Cerca de las 17.30 lo logrará. A la noche cenará fideos, ensalada de tomate y pollo del día anterior. Mezclará todo en una gran fuente y lo comerá viendo una película en el canal TCM. Se reirá a carcajadas y no lavará los platos antes de acostarse. Al otro día cuando venga el “amigo” de ella a dejar la llave ya no sentirá ni rencor ni tristeza por su partida y se sentirá definitivamente despreocupado. Mari también pasará el resto del día sola en su departamento. Por la noche, pedirá pizza y casualmente sintonizará la misma película que Diego. Mari sólo se reirá en tres ocasiones y llorará mucho en el final. En la madrugada, cuando lleguen sus padres, se meterá en la cama y se hará la dormida. No logrará sentirse feliz en mucho tiempo.  

Para saber qué ocurrirá cuando Diego y Mari se encuentren hay varias opciones. La primera es elegir uno de los dos, averiguar su domicilio  y seguirlo durante mucho tiempo hasta que se encuentre con el otro. Esta primera opción encierra el riesgo de verte envuelto en una paradoja temporal, de esas tipo Philip K. Dick, donde al final descubrís que sos un elemento fundamental para que el hecho que estás buscando comprobar se termine cumpliendo. Otra, inmediata, es que un agujero de gusano se abra en este momento, a tu lado. O debajo o atrás o arriba. De ese modo, podrías atravesar años luz de tiempo y materia para llegar a la fecha y lugar exactos que Kamatowa escribió en su libreta. Seguramente sería algo maravilloso. Te enterarías, entre otras cosas, si John Titor tenía razón sobre el inicio de la tercera guerra mundial. La última, es imaginar una tormenta cuyas nubes contengan todos los colores que aparecen en este relato. En ese caso, soplará un viento feroz y las nubes prendidas a las montañas amenazarán la ciudad. En un callejón un perro, un pastor belga, deberá ladrar anunciando lo inaudito, lo que no puede suceder.


Emiliano Baigorri 
Este relato obtuvo el tercer premio en el concurso de Cuento Digital 2015 organizado por la Fundación Itaú.  Publicado originalmente aquí

domingo, 28 de diciembre de 2014

Acontecimientos importantes



Hay un pueblo.
No es lo suficientemente pequeño como para prescindir de un barrio pobre con fama de violento, pero tampoco lo necesariamente grande como para que falte la sensación generalizada, entre sus habitantes, del “se conocen todos”.
Es de noche.
La mayoría se está por dormir con el parloteo exuberante del noticiero de la medianoche. Unos pasos en el techo despiertan a una mujer embarazada cuyo marido está de viaje por trabajo. Tres sombras irrumpen en el hogar forzando la puerta trasera del patio. Llevan machetes y palos. Son tres adolescentes de entre catorce y dieciséis años que luego serán arrestados.
En ese pueblo vivo con mi hermano, su mujer y mi sobrino de cinco años.
Esa noche también hay un incendio o un accidente cerca del pueblo. Mi sobrino y yo salimos a apoyarnos contra la reja para ver los camiones de bomberos y las luces rojas de las sirenas que le brindan a la calle, por unos instantes, la textura insólita que poseen los acontecimientos importantes.
Mi sobrino recuerda el fuego como una víbora amenazada por sobre la superficie del cerro del verano anterior. Mientras los camiones pasan, aprieto su mano. 




jueves, 4 de diciembre de 2014

Notas sobre la cultura y el arte


Escribe Jean Dubuffet, ideólogo del Art Brut, en la correspondencia que mantuvo durante el transcurso del año 1968 con el señor Witold Gombrowickz. Las citas que recojo y comento son de la carta fechada el día 20 de Octubre. El tema, según mi perspectiva, trata sobre la oposición cultura-naturaleza en el arte y la cultura: sobre qué puede considerarse artificial y qué auténtico, o si la oposición de hecho sirve o no de algo.
Por otro lado, tengo mis “peros” a una parte del planteo, y los peros son lo más importante en un debate, según el mismo Gombrowickz advierte a Dubuffet en una carta anterior; sin embargo, este comentario a Dubuffet no quiere destacarlos. Por el contrario, este texto es un intento por rescatar lo positivo, lo que de una u otra forma  interesa a mi perspectiva. Entonces, este es el plan: sólo daré uso a esos peros para “limpiar” la argumentación de Dubuffet según mis propósitos.

Primero leamos un fragmento:

“Habiendo hecho tabla rasa, denegando todo valor objetivo, todo fundamento legítimo, negando valor a todo – a todo lo que fascina a los humanos, a todo lo que mueve de una forma u otra al pensamiento (…) – el resultado, usted lo sabe bien, es una situación completamente nueva. No nos queda más que viento. Espejismos; y las fascinaciones que estos ejercen. A partir de este momento los espejismos se convierten en los únicos objetos de nuestro universo, los únicos resortes de toda actividad mental” 

El horrendo fantasma del relativismo se yergue por encima del párrafo, ¿no es cierto? Continúa:

“A partir de este punto empieza mi nihilismo. O mejor dicho, mi nihilismo toma un signo positivo”

Giro fundamental, y sigue:

“Me propongo, a partir de este punto, edificar sobre espejismos, crear espejismos (…). Se ha terminado para mí la anterior distinción entre objetos dotados de realidad y aquellos que son producto de la imaginación. ¡Desde ahora, un plano único para todo! Convencido de que nuestras acciones no son más que quimeras, soplos del espíritu sin otro fundamento que nuestra buena voluntad, tomo decisión de darles derecho de quimeras, darles cuerpo, carta de naturaleza; y su distinción entre quimérico y fundado (entre vicio y virtud, entre natural y artificial) no tiene ya sentido, al menos para mí”.

No es absolutamente genial?!

Primero extraigamos las palabras claves: “crear espejismos”, “plano único”, “buena voluntad”, “tomo la decisión”, “al menos para mí”. En la combinación justa de este pequeño conjunto de palabras se encuentra la flama de la seductora frescura del planteo. Entonces, ahora sí, parafraseo: no habiendo límite claro entre lo natural y lo cultural, no siendo posible distinguir qué sería auténtico y qué artificial, obtenemos un “plano único” desde donde surgen las creaciones (“espejismos”) apoyadas en nuestras creencias (“buena voluntad”). Lo auténtico y lo artificial (“quimérico o fundado”) son sólo atribuciones, operaciones de nuestras creencias que producen carta de (“tomo la decisión”). Así la oposición carece de sentido según mi perspectiva (“al menos para mí”: un gesto que dice “okey, esto no es fundamental para la vida del arte, pero me parece mejor pensarlo de esta manera”).   



Para defender el nihilismo de Dubuffet no haría falta más. Sin embargo, y aquí aparece mi principal “pero”, Dubuffet regresa a la oposición artificial-auténtico, contradiciendo el plano único propuesto:

“Una vez reconocidos como quiméricos todos los actos del mundo mental (y del otro también, para decirlo todo), hago una distinción entre ellas, según me parezcan las unas quimeras frescas y vivas, secreciones del ser mismo (que son raras) y las otras (que pululan) reflejos de quimeras, falsos parecidos de quimeras, impuestos –o inyectados- al paciente (o fingidos por él) sin que su propio ser intervenga.”

El plano único se divide, una vez más, en dos con un corte platónico: “secreciones del ser mismo” vs. “reflejos de quimeras”. Continúa:

“El conjunto de estas quimeras colectivas, prestadas, de estas quimeras enfriadas, apagadas, propuestas para reemplazar la quimerización personal de cada uno, forma, a mis ojos, eso que llamamos cultura.”

Establecido el plano único no se ve cómo sería posible distinguir entre “reflejos” y “secreciones del ser”. La razón de este regreso puede atribuirse a un temor: a que algo fundamental se pierda en el plano único. Tal vez en la proposición de un plano único Dubuffet no encuentre explicación para el cambio en la evolución de la cultura y el arte. O quizá no vea lugar para la novedad y la originalidad: el genio artista.

Creo que se trata de un tropezón en la argumentación de Dubuffet. Dejémoslo pasar. Por lo demás él mismo en el desarrollo de su epístola encuentra una explicación al cambio, a la evolución, en la cultura del hombre sin dejar de disolver el problema que plantea los límites de la oposición cultura-naturaleza, es decir sin abandonar el planteo del plano único.

“Hay todas las gradaciones, todas las gradaciones, quiero decir, de profundidad, todos los niveles, en lo cultural. Sé bien que los espíritus más liberados e inventivos, los acentos más personales, las más salvajes espontaneidades, no pueden pretender que nada deben a la cultura. Pero es una cuestión de más o menos; se trata de saber qué nivel de esa cultura es el que ha realizado el préstamo, la vieja madera o la albura”.

 Así queda zanjada la cuestión: no puede existir expresión que no esté atravesada por la cultura (y agregaría yo: por el lenguaje); no puede existir expresión artística o de cualquier clase puramente natural. La oposición cultural-natural no sirve, al menos en este momento de nuestra historia, para pensar la cultura o el arte. Sin embargo, podemos distinguir entre más o menos novedosas, más o menos apegadas a cierta tradición, más o menos radicales, etc. Ahí se encuentra y es útil la diferencia de niveles o grados.




La razón principal por la que he recogido y comentado las anteriores citas es que simplemente simpatizo con el lenguaje de Dubuffet. El tema del debate no me preocupa demasiado. Parece algo ya disuelto como problema. En todo caso, es la forma en que propone su visión lo que me atrae y me inquieta. Además, creo que puede resultar nutritivo para nuestra actualidad ver cómo aquellos a quienes admiramos han logrado resolver cierta cuestión que se les presentó como un problema. Gracias a la acumulación y repetición de este tipo de pequeñas luchas y resoluciones es que hoy podemos ver el tema de la discusión como algo ya superado.



sábado, 17 de mayo de 2014

Pasto de Urón II




(Foto: full moon)


II

Mientras Tanco le acaricia
los mechones de su barba
Safari piensa:
Tanco ha visto
el fondo de mi alma y
se parece al fondo
de la suya.
Por esa
razón
me ama.
Yo lo acepto
lo comprendo
porque
acaso amar
¿no es tener el tiempo
suficiente para hurgar
en el fondo del otro
 y encontrar algo
que se nos parece
pero que es
absolutamente extraño
como cavar y cavar
en una pradera
de algún planeta desconocido
y encontrar un hueso
un hueso roído
por otros dientes?

(De la serie Pasto de Urón)

martes, 25 de marzo de 2014

Marcela profética






He visto campos
sembrados con niños
incendiarse una mañana
de mucho sol.
Sus breves cabezas
lanudas ardiendo
hasta el anochecer.
He visto a la memoria
transformándose
en venganza.

He visto mucho antes
de los confines del tiempo
ingresar naves de combate
por el corredor
de las Sierras Chicas
arrojando rayos desintegradores
sobre los countrys.

He visto las bestias metálicas,
los insectos de acero,
junto a los fantasmas negros
de las lavanderas
furiosas, emerger
desde el Suquía
reptar por las paredes
de la Cañada y emprender
el ataque
hacia el Sur de la Ciudad.

He visto las llamas
en la ciudad. Los cyborgs
en apoyo de la revuelta
multiplicadora
tomar el control
de la plaza San Martín.
La cabeza del gobernador
en una pica, el cuerpo
del intendente
empalado
aún vibrante
sobre una plataforma improvisada
sobre San Juan y M. T. de Alvear.

He visto la viruta
del metal incrustarse
en los pliegues deformados
de las frescas cabezas
como frutas
de jóvenes muchachas
que soñaban ser banqueras.
Sus sueños diluidos
corriendo por el asfalto
hasta mezclarse con la grasa
chorreante
de los carros propulsados
del 108º Festival Internacional del Choripán.  

He visto la traición académica
y el corte limpio de sus intestinos
He visto la desesperación
en las trincheras de Nueva Córdoba
la última resistencia,
Los he visto perecer.

He visto en una terraza
de un edificio de Alberdi
un corral con gallinas y puercos,
las cámaras de la televisión
registrando el manifiesto
de un grupo de payasos
degollándose a sí mismos.
El tajo de sus gargantas
abrirse como párpados,
la sangre como un llanto
derramándose sobre las plumas
y las pieles de los sucios animales.

He visto esto
una y otra vez.
Lo he visto
extasiada siempre.
Cuando todo acaba
pongo en mi equipo de música
Division Bells de Pink Floyd.
Me tomo un café
enciendo un cigarrillo
y fumo
hasta que las campanas
ya sólo repican
en mi cabeza.   



domingo, 23 de marzo de 2014

Hacia el n-sexualismo

I. Su definición


M. –¿Qué es el n-sexualismo? Podemos decir que una práctica posible. Una forma de vivir la sexualidad. Algo vago, lo reconocemos. Lo que sucede, es que creemos que gran parte de la fuerza revolucionaria (o expansión utópica) del n-sexualismo proviene justamente de evitar una definición taxonómica de la sexualidad. De allí la “n”. Una n es una variable abierta, puede asumir cualquier valor, mantenerse estable o cambiar. No está precodificada. Aunque no hay que confundir. No se trata de una x, una incógnita a resolver, una esencia a develar. Todo lo contrario, intentamos dejar atrás la noción de “esencia” en la sexualidad. La n es más bien un punto de pasaje de intensidades mutantes. Un punto de conexión con otras sexualidades, una coordenada abierta al deseo múltiple.
El n-sexualismo es una forma de vivir la sexualidad sin necesidad de clasificarnos a nosotros mismos o a los demás en esta o aquella casilla: hétero, homo, bi, o lo que sea. Estos rótulos sólo sirven –en el mejor de los casos– para volver esperable, predecible nuestra conducta ante los demás; y en el peor, para generar conflictos en la formación de nuestra identidad sexual. Si alguien no se ubica en estas categorías, si no se asigna a sí mismo un valor estable, decimos: “¡Bueno, que se decida de una vez!”, o “Hay que tener paciencia: aún no se ha definido”. El n-sexualismo, al contrario, propone que no hay nada por definir, que no hay esencia que descubrir o aceptar, pero sí mucho por experimentar, mucho por sentir con el otro, mucho por liberar en las intensidades eléctricas que nos atraviesan y deshacen en el torbellino sexual de la vida.  

 E. –¡Exacto! El n-sexualismo pretende dejar a un costado toda objetivación de sexualidades en categorías cerradas. Muy al contrario, su intento es la apertura de posibilidades que eliminen conflictos típicos y angustiantes. La utopía es que cada cual viva lo sexual sin esquemas de inteligibilidad preestablecidos.
Hablando claro y simple, el n-sexualismo intenta solucionar muchos planteos o problemáticas actuales en relación a lo sexual. No exige a nadie definirse (nos olvidamos de las esencias), sino que impulsa a intensificar nuestras experiencias relativas a lo sexual.
 Cerrando este primer acercamiento, podríamos decir que el n-sexualismo se postula como una alternativa que propone desarrollar al máximo el flujo de posibilidades en las relaciones con los otros. Una alternativa que impulsa a vivir el devenir de nuestros deseos con libertad y sin culpas, multiplicando nuestro goce al abrir posibilidades para pensarnos a nosotros mismos y a los demás. Experimentar con el otro la mayor multiplicidad de sensaciones y lo más intensas posibles podría ser un principio fundamental de nuestra utopía.





II. Líneas de expansión

M. –Entremos de lleno en el juego. ¿Cuáles son las líneas de expansión que abre el n-sexualismo? ¿Qué territorio de opciones derrama ante nosotros? ¿Qué dispersión de ejes liberadores podemos imaginar? Éstas son las preguntas que nos guían. Sin buscar agotar las posibilidades del n-sexualismo, intentaremos recorrer algunos de sus impulsos.
Veamos. Desde el n-sexualismo, buscamos la expansión del yo en múltiples experiencias posibles. No su contracción, su repliegue, su envoltura cerrada en una “coherencia” subjetiva y sexual ya dada. Alentamos lo contrario: el despliegue abierto de las sensaciones, el estallido de opciones que crece y nos vincula con el afuera, con los cuerpos y miradas que nos rodean, que nos atraviesan, que nos incendian. Abrir el yo a la exterioridad de las relaciones, a los vínculos móviles, a las conexiones de intensidad con el otro; restar importancia a los abismos de la interioridad, dejar que el mundo del afuera, que el deseo incandescente nos arrase por completo.
Por eso mismo, el n-sexualismo alienta la multiplicidad antes que la unidad. Busca que nuestras experiencias aumenten, que nuestro deseo sea plural, que nuestro placer sea incontable. No le interesa la moral de “la calidad vs. la cantidad”. Está más allá de esto: busca intensidades múltiples, variadas, combinadas, diversas. No se detiene a recoger una unidad, una coherencia en el sujeto. Descarta esta pretensión, y propone en su lugar experiencias multiformes, plurales a descubrir con el otro, sin necesidad de jerarquizar nada dentro de la tormenta eléctrica de relaciones a la que nos entregamos, ni de ordenar coherentemente lo que sentimos. ¡Firulais!
Complementaria de la multiplicidad, es la simultaneidad. Esto es posible porque desde el n-sexualismo no hay intensidades “incompatibles” entre sí. Nos hemos acostumbrado a pensar que ciertos sentimientos deben respetar una serie cronológica para ser correctos moralmente. Por ejemplo, podemos amar (amor de pareja) varias veces y a distintas personas en nuestra vida, pero no al mismo tiempo. (No, al menos, sin vivir un dilema moral, o una desaprobación social.) El eje de la sucesión temporal está permitido, pero no el de la simultaneidad plural. El n-sexualismo propone borrar estas distinciones, restar importancia a esta costumbre cristalizada. En lugar de sentir culpa por la simultaneidad de nuestras pasiones, el n-sexualismo nos alienta a festejar esta capacidad de sentir, pues vuelve más intensa y plena nuestra vida.

E. –¡Eso es, mi estimado M.! Intensidad y plenitud de vivir posibilidades nunca clausuradas. Justamente, el n-sexualismo propone imaginar, en la libertad que provoca la ausencia de categorías cerradas y de divisiones morales cristalizadas, múltiples posibilidades de conexión y de relación. Las opciones que podemos considerar como dadas pierden relevancia a la hora de pensarnos en relación con los demás. La expectativa que se genera ante esta apertura de opciones sale de la lógica de la coherencia y de la homogeneidad. El terreno de las relaciones y de los deseos se torna dinámico, permitiendo mutaciones constantes (y lo mejor de todo: sin culpas).
En este andar dinámico, cualquier fijeza esencial se diluye en un devenir abierto. Ya no buscamos descubrir o aceptar qué somos; se trata, en cambio, de formarnos o construirnos a nosotros mismos en la explosión del choque de los cuerpos, en el juego eléctrico del deseo y el placer de n-relaciones. Las experiencias se abren a un futuro imaginado sin patrones estables. Aquí, las expectativas de identidad sexual no tienen sentido, ya que no hay definición sexual que no sea susceptible de modificarse sin previo aviso, mutando sin necesidad de establecer razones coherentes, sin culpas, sin crucifixiones.
 El n-sexualismo no busca la sensatez moral de las relaciones, ni la racionalidad de una coherencia de identidad sexual. Busca, en cambio,  la multiplicidad y la intensidad de las sensaciones, posibilitando la creación de un “yo sexual” flexible como una arcilla que pudiéramos transformar cada vez que nos venga en ganas.
En fin, desde el n-sexualismo proponemos abrir “mundos”, agrietar estructuras, fragmentarnos en posibilidades, crearnos a nosotros mismos en un desarrollo sin estatismos convencionales, multiplicar sin mesuras nuestro goce, diluirnos en un deseo plural.



Giovanni Lipari


  

III. Su polémica. La apuesta n-sexual

M. –Entramos en la parte final de nuestro recorrido. Nos toca ahora enfrentar una serie de nudos problemáticos, críticos, con los que debe medirse nuestra propuesta. Problemas que son, al mismo tiempo, el reverso de nuestra apuesta, el impulso que nos motiva. Básicamente, el n-sexualismo intenta disolver algunas dificultades y conflictos actuales en torno a nuestra manera de vivir la sexualidad imaginando una alternativa futura donde tales problemas pierden sentido.
Por supuesto, no agotaremos aquí todos los desafíos concretos del n-sexualismo. Nos detendremos tan sólo en tres de sus zonas polémicas, pues creemos que de este modo estaremos cubriendo los problemas y las apuestas más relevantes, más importantes en este momento de surgimiento y eclosión utópica.
 Tendremos, entonces, los siguientes puntos: a) el n-sexualismo en relación a uno mismo; b) el n-sexualismo en la pareja convencional; y c) objeciones globales a la utopía n-sexual.

Victory on the Sea - Jan Saudek

a) Identidad n-sexual

M. –Muchos pueden vivir sin conflicto su identidad sexual. Encajan perfectamente en una categoría estable. Se describen a sí mismos y ante los demás con los términos taxonómicos acostumbrados. Lo han logrado. La propuesta de escapar a una clasificación del deseo, a una cuadriculación de la propia identidad sexual, puede no atraerles. Hay personas, sin embargo, que sí saborearon algunos conflictos al tratar de formarse una identidad sexual fija, estable, normal. Tal vez experimentaron en algún momento una chispa de deseo que desbordaba las categorías acostumbradas. “¿Qué sucede? ¿No seré aquello que pensé que no era? ¿Fue un desliz? ¿Debo olvidarlo? ¿O es la punta del iceberg de mi “verdadero yo”? ¿Qué habrá sucedido en mi pasado, en mi niñez, para tener estas dudas? Si dudo de mi orientación sexual, evidentemente algo anda mal. Debo estar en crisis. ¡Ay! ¿Cómo haré para superar este trance? ¿Debo contarlo? ¿Reprimir mis impulsos? ¿Continuar normal mi vida, secretamente expectante de un chispazo de deseo similar? También dicen que dudar es normal, no debería preocuparme…, etc., etc.”.
Todos estos cuestionamientos, que llegan a veces a profundas angustias por “falta de definición”, no tendrían mucho sentido si no supusieran, como parámetro de normalidad, de ausencia de conflicto, una identidad sexual fija, determinada, definida, circunscripta. “No importa en qué dirección vayas, hijo –nos dice, en el mejor de los casos, nuestra sociedad–, ¡pero que sea una dirección determinada! Escoge lo que quieras, ¡pero escoge de una vez!”. El n-sexualismo no se inquieta por esta falta de definición, al contrario, la festeja: “Hay muchas direcciones posibles: ¡pásala bien!”. Intenta sustituir los conflictos en torno a la “esencia” de nuestra sexualidad: “¿Qué soy, esto o aquello?”, por preguntas n-sexuales del tipo: “¿Cuántas conexiones intensas, placenteras, felices puedo lograr con el otro?”.

E. –En efecto, los problemas “esenciales” (que reenvían a los abismos del yo) pierden sentido y se desvanecen en la irrelevancia. Como las posibilidades se abren a lo múltiple, los  desafíos n-sexuales serán situacionales (problemáticas que reenvían a lo vivido en este momento con el otro). Así, las preguntas que planteará el modo de vida n-sexual serán del siguiente tipo: ¿qué haré en tal situación? ¿Estoy disfrutando esto? ¿El otro querrá profundizar conmigo? ¿Me siento cómodo así?
La identidad n-sexual es una identidad mutante. Pero no porque nos exija cambiar a cada momento, sino porque es una identidad susceptible de tomar cualquier dirección sin la obligación de justificarse. Una identidad flexible que decide en situación, de acuerdo a sus propios límites y sus deseos.  El momento vivido será el rector de la decisión n-sexual. El límite que antes establecía mi coherencia sexual desaparece entre los pliegues de un abanico de posibilidades siempre abiertas.  

Sandra Torralba

b) Amor libre

M. –El desafío más grande que enfrenta nuestra utopía es que el n-sexualismo se libere en el corazón de la pareja convencional [1]. Que nuestro amor, aun estando en pareja, sea n-sexual. “¿Es posible una pareja de este tipo? ¿Sería realmente amor? ¿Y qué hay de la fidelidad?”. Interesantes preguntas, que esperamos que algún día pierdan sentido. Pero por ahora, dialoguemos con ellas.

E. –Me parece muy bien que empecemos de una vez por todas con estos puntos tan polémicos y tan jugosos. Veamos, en principio, ese último que nombraste: la fidelidad. La fidelidad siempre es un tema actual, y una noción que está redefiniéndose continuamente. De todos modos, intentaremos ver algunas constantes que permanecen en su definición y que nos complican a la hora de entendernos en relación al amor.
Una constante que funciona como principio básico de la fidelidad es la exclusividad. Ser fiel es ser exclusivo de otro en el momento de hacer explícitos nuestros deseos. En general, se lo entiende como principio implícito del contrato de pareja. No hace falta decirlo. Es un elemento que funciona a priori al momento de establecer una relación “amorosa”. Sólo se explicita, justamente, cuando sucede lo contrario; es decir, cuando una pareja establece una relación que normalmente llamamos “liberal”, y que también normalmente no deja de producir una sensación de extrañeza. Así, una relación que no contemple la exclusividad, es entendida como algo que no se toma “en serio”, y que por lo tanto queda fuera del campo del amor. Tener una relación liberal con alguien significa que una de las partes implicadas no ama “verdaderamente”.
Así las cosas, cualquier deseo por un tercero es signo de peligro. Desear a alguien más es: o no amar verdaderamente a nuestra pareja o ya estar engañándola. Por supuesto, el engaño se produce cuando ese deseo es concretamente liberado sin el consentimiento de la otra parte implicada en el contrato amoroso. No engañar, o sea ser fiel, es reprimir el deseo, esconderlo, nunca conducirlo hacia fuera con otro. De este modo, al cercar el deseo en nosotros mismos generamos una experiencia conflictiva. “Deseo otros, pero no quiero engañar, pero sí amo…”
Desde nuestra utopía proponemos sustituir la pareja fidelidad/exclusividad, por la de incondicionalidad/intensidad. Ser incondicional con alguien no implica exclusividad de deseo. Incondicionalidad apunta más bien a aumentar la intensidad con la que amo, con la que experimento, con la que deseo; pero no siendo exclusivo a alguien. De este modo, la libertad de deseo y de experimentación con otros ya no se viviría como un engaño o como un conflicto.

M. –Creo que has dado en el nervio del asunto. En efecto, la fidelidad está fuertemente unida a la noción de pareja donde ambos se respetan y aman mutuamente. Es, en la práctica, el pilar de la confianza mutua. “Soy fiel porque amo”. ¡Qué bello! Sin embargo, ¿qué quiere decir esto? ¿Que uno concentra el deseo tan sólo en su pareja y por tanto los demás no importan (pasional o eléctricamente)? En ese caso, diríamos: “Soy indiferente al resto, porque te amo”. Sería más comprensible, y más triste también. Pero percibimos que no es esta la idea: no se trata de ser indiferente al resto, sino de sólo desear (legítimamente) a la pareja. De que el deseo por los demás sea correctamente controlado, limitado, y en el extremo ideal, eliminado, amputado. “Entre todas, te elijo”. ¡Lindísima frase! Unimos al mismo tiempo el amor hacia una persona, y el sacrificio del deseo por otras personas. Creo que el problema de la “fidelidad” es que se nos presenta como un término que parece implicar afectos y acciones positivas, constitutivas del amor, mientras que en la práctica no es más que una noción perfectamente negativa, limitadora del deseo: ser fiel significa exclusividad del deseo para con nuestra pareja. De aquí en más brotan alegremente los problemas morales: “¡Ay! Deseo (¡incluso creo que amo!) a otras personas. ¿Algo estará fallando en nuestro amor? ¿Qué debería hacer, reprimir, vivir lo que siento, engañar, elegir el verdadero amor, destruir la pareja? Ah!”. Pobre y conocido amigo. Desde el n-sexualismo esta tortura es innecesaria. Podemos amar simultáneamente a múltiples personas, si nuestro corazón lo resiste. Ya no se trata de “culpas” privadas, sino de flujos de intensidades a vivir con el otro.
“Sin embargo –se nos podrá decir–, algo está mal. No estamos respetando a nuestra pareja si amamos al mismo tiempo a otras personas; si tenemos, incluso, otras parejas!” Esta objeción sólo tiene sentido por haber asociado tan fuertemente “fidelidad” con “exclusividad”. Si dejáramos atrás este último término, la fidelidad no crearía los problemas que actualmente crea, y el respeto no tendría que ver tanto con “no traspasar las prohibiciones acordadas tácitamente”, sino con valorar la libertad de deseo y de relaciones de la persona que amamos.
En fin, si como se propuso más arriba, sustituimos el par fidelidad/exclusividad por  el de incondicionalidad/intensidad, habremos pasado de la “pareja-contrato” tradicional (cuya exigencia de “confianza” y “respeto” sólo tiene sentido por la red de prohibiciones implícitas en la que se sustenta), a la pareja n-sexual, donde se festeja el amor libre e incondicional; donde se busca y se disfruta al máximo generar intensidades especiales, pasiones eléctricas, vínculos de fuego, vidas centelleantes, amores que nos lleven al límite. Pero donde poco sentido tiene hablar de “exclusividad” en las pasiones. 


c) Objeciones globales al n-sexualismo

M. –Como muchas utopías que imaginan una alternativa posible a ciertos problemas o limitaciones actuales, también nuestra propuesta n-sexual ha recibido la desconfianza generosa del escéptico y la crítica despiadada del moralista. No nos parece mal ser escépticos ni preocuparse por las normas morales con las que vivimos. Eso mismo nos llevó a imaginar una utopía, una apuesta a futuro. Lo que nos interesa ahora, es defendernos de ciertas críticas generales, ciertas objeciones globales que se han alzado        –desde la corteza de la doxa– contra el n-sexualismo.  

E. –Para comenzar hablemos de aquellas críticas morales que tildan al n-sexualismo de “machista” o de “cínico”. Por un lado, se nos dice que el n-sexualismo reduce las personas a objetos sexuales. Creemos que nuestra propuesta se encuentra muy alejada de considerar a los demás (mujeres, hombres, n) como objetos sexuales en torno a nuestro deseo egoísta y tirano. Muy al contrario, el n-sexualismo propone ver a los otros como sujetos sexuales en pie de igualdad: libres, y seduciéndonos mutuamente, ¡hacia el festín! Se trata de  intentar ver al otro como un sujeto sexual con el cual relacionarse, pero sin clasificaciones previas, sin relaciones predeterminadas. Un sujeto con el cual mi relación de deseo se encuentra abierta a una multiplicidad de opciones sin clausuras.
Por otro lado, se cree que el n-sexualismo es una alternativa en la que “únicamente importa el sexo”, una visión reductora que considera que “en la vida todo es sexo”. Respecto a esto pensamos, al contrario, que “en el sexo, todo es vida”. Es decir, sin pretender reducir toda la vida a una dimensión, en este caso la sexual, intentamos expandir al máximo una de las dimensiones de la vida. Es simplemente eso: una dimensión entre otras. El n-sexualismo intenta liberar ese aspecto para expandir el propio yo en una de sus dimensiones, para abrir el mundo, para repensarse de manera fresca y liberadora, pero lejos, muy lejos, de considerar que es la única dimensión o de intentar jerarquizarla como la más importante de todas.
Así, el n-sexualismo ni considera a las personas como objetos sexuales (por el contrario, las reconoce en tanto sujetos sexuales), ni reduce el mundo a un solo aspecto (inversamente, abre este aspecto al mundo).

M. –Por otra parte, están las críticas basadas en la desconfianza general hacia la posibilidad de una utopía n-sexual. “¿Es verdaderamente factible?”, se nos dice. Tenemos dos formas de contestar a esta pregunta. Podemos preguntarnos si el n-sexualismo es realmente tan inconcebible en la práctica, o si, por el contrario, poseemos ya, a nuestro alcance, formas de vida muy parecidas a la que proponemos. Por otro lado, podemos rechazar el supuesto implícito que late en la crítica: el n-sexualismo como algo que se impondría de un día para otro y a todo el mundo. Responderemos utilizando ambas estrategias.
Para empezar, ¿es el n-sexualismo algo tan irrealizable como forma de vida? ¿Tan complicado y difícil resultaría en la práctica? Creemos que no, por la sencilla razón de que ya existe un paradigma de relaciones humanas que es similar, en muchos aspectos, a la propuesta que imagina el n-sexualismo. “¿Cómo? ¿Una práctica actual que resulta análoga a la utopía n-sexual?”. Pues sí, y esa forma de relacionarnos, al alcance de la mano, es la amistad. En efecto, desde la amistad se alienta la multiplicidad y la expansión de relaciones, se festeja la incorporación de nuevos amigos a nuestra red de afectos. No hay escándalo por la simultaneidad, al contrario, se considera que es positivo tener más de un amigo, pues cada uno enriquece nuestra vida de manera diferente y valiosa. También se considera positivo que todas nuestras amistades sean lo más intensas posibles, viendo como una virtud y no como un defecto, el que lleguemos a amar a todos nuestros amigos. La exclusividad aquí no tiene sentido: amar a un amigo no implica no amar a otro, o no respetarlo en la amistad. Tampoco necesita jerarquizar moralmente las relaciones, poniendo una amistad por encima de las otras. Puede hacerlo, pero eso dependerá de la conexión especial de intensidades que viva concretamente esa relación, no de una elección moral en nombre de la “verdadera amistad”, que sacrifica vivir ese mismo tipo de conexión con otras amistades. En fin! Las similitudes pueden seguir multiplicándose alegremente. Los valores e ideales n-sexuales, en gran parte, están esparcidos en nuestra manera de vivir la amistad. No creemos, por tanto, que sea tan imposible llevar a la práctica el n-sexualismo, que simplemente agrega la dimensión eléctrica de las intensidades sexuales.
Por otro lado, tenemos la objeción implícita de que el n-sexualismo sería irrealizable en  tanto propuesta que se impone de una vez y para todos. Sin embargo, ni la radicalidad inmediata del cambio, ni la universalidad de su aceptación, son pretensiones que persigue el n-sexualismo. Creemos que no se trata de un “todo o nada” en el corazón de las costumbres, sino de cambios graduales, liberaciones progresivas, según ritmos personales, de pareja y hasta grupales, por qué no. No hay, en este sentido, “líneas a seguir” predeter-minadas, ni “orden” n-sexual que reproducir. Simplemente proponemos flexibilidad en la manera de concebir y vivir nuestras relaciones –con nosotros mismos y con los demás–, a fin de aumentar el placer y la felicidad de los que somos capaces.



Martín Guerrero
Emiliano Baigorri Theyler

Artículo publicado originalmente en la revista universitaria El árbol de Jítara, N°2, 2008. 
Luego, fue publicado digitalmente en Revista Caja Muda, N°4, 2012.  



[1] Con “pareja convencional” no nos queremos limitar a la noción de pareja heterosexual, sino abarcar el acuerdo más general que entiende la relación paradigmática de amor como una relación que es, esencialmente, de a dos. “¡Mi media naranja!”